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HISTORIA DE Ávila
El nombre de la ciudad tiene su origen en los pueblos y tribus que han habitado durante milenios la provincia. Los primeros fueron los vetones, que la llamaron Óbila (monte alto), siendo uno de los castros más importantes de esta tribu, junto con Sanchorreja, Berrueco, Mesa de Miranda, Las Cogotas, El Raso y Ulaca. Los vetones dejaron vestigios por toda la geografía de la provincia de Ávila, especialmente en forma de verracos.
Más tarde la poblaron los romanos, dándole el nombre de Abila o Abela. Los romanos dejaron también su huella en la ciudad, que consistía por entonces en el actual casco viejo, la parte rodeada por las murallas. Calzadas, mosaicos o la plaza del Mercado Grande, o El Grande, son parte de los restos romanos que pueden contemplarse en la actualidad.
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El interior de la ciudad aún mantiene el trazado típico de las ciudades romanas tipo hiberna (castros estables), de contorno rectangular, con dos calles principales (cardo y decumano) que se cortan ortogonalmente en el centro donde estaba el foro. Actualmente este trazado aparece sólo parcialmente modificado, reconociéndose fácilmente antiguas entradas romanas en las puertas de San Vicente y Gonzalo Dávila, donde los cubos defensivos originales fueron conglobados en la muralla medieval. También se mantienen las manzanas cuadrilongas recuerdo de las insulae romanas.
El Cardo máximo corresponde a la actual Calle de Vallespín; mientras que el Decumano máximo lo constituirían la Calle de los Caballeros y la Calle de Bracamonte. Todas ellas confluyen en el «Mercado Chico» que fue el antiguo foro. Por su parte, la necrópolis romana estaba al este, más allá de la Calle de San Segundo, de modo que en toda esa parte de la muralla se pueden observar piezas funerarias reaprovechadas como materiales de construcción: estelas, aras, cipos, «verraquitos» y cápsulas cinerarias de granito, incrustados en los lienzos del muro oriental.[2]
Aparte de estas muestras arquitectónicas, existen numerosos restos cerámicos, monedas y otros objetos arqueológicos representativos de la vida cotidiana en la Antigüedad.
Los primeros asentamientos visigodos en la península se consideran geográficamente muy cerrados. Según Palol y sus estudios, los asentamientos visigodos en España comprenden las ciudades de Burgos, Soria, Guadalajara, Toledo, Ávila, Cáceres, Madrid y Palencia, lo que induce a pensar que la elección de estos asentamientos fuera estratégica. Aunque su ubicación concreta no está determinada en la ciudad de Ávila, se cree que fue una de las plazas fuertes de la época visigoda. Durante los siglos VI y VII no hubo conflictos destacables en la ciudad.
Los visigodos utilizaban la tierra para cultivar cereal y alimentar a la ganadería, según se puede observar en las pizarras encontradas en el municipio de Diego Álvaro. La importancia de Ávila en este periodo se debe a su carácter religioso, según la documentación existente que detalla la intervención de los prelados de Abela en los concilios toledanos.
Corrobora el devenir visigodo en Ávila el templo de Santa María de la Antigua. Las crónicas registran que este monasterio fue fundado antes del año 687, siendo monasterio mixto (para ambos sexos) hasta la llegada de los árabes. Su importancia era tal que se cita como el lugar donde murió Santa Leocadia, hija del Rey Wamba. En esta iglesia estaría enterrado también el duque Severiano, un noble visigodo.
No se puede precisar por falta de datos las circunstancias y vicisitudes durante la etapa de dominación musulmana ni tampoco concretar la relación social, económica, cultural, política y religiosa que pudieran tener esta creencia en Avila. Lo único que parece seguro es que durante los primeros años de la invasión musulmana la ciudad se convirtió en un punto estratégico, siempre deseada por árabes y cristianos como enclave defensivo, y los enfrentamientos por su posesión fueron permanentes. Hubo incursiones de los reyes cristianos en la ciudad después de la ocupación musulmana pero no llegaron a asentarse. Alfonso I y su hijo Fruela llevaron a cabo varias expediciones llegando a entrar en la ciudad (740-742) sin ánimo de permanecer, más bien con intención de destruir las defensas, recaudar botín y a la vez, aprovechando que los pobladores cristianos de la ciudad seguían al rey en su repliegue, obtenían pobladores para las tierras ocupadas y guerreros para la defensa de los reinos cristianos.
Tras estas incursiones, se suceden en Ávila tres siglos de los que se conocen pocos aconteceres. Ávila, como otras poblaciones de la meseta, debido a que queda en tierra de nadie, sujeta a las sucesivas expediciones de unos y otros, con la consiguiente destrucción de campos y poblaciones, quedó prácticamente despoblada. Desde el siglo VIII estas zonas o ciudades pueden considerarse dentro del llamado "desierto estratégico" en el que hubo un fuerte despoblamiento, convirtiéndose a su vez en tierra de nadie y siendo escenario de las correrías de ambas fuerzas.
En el siglo XI Don Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI de Castilla fue el encargado de la repoblación del centro de la península, y con el fin de proteger Toledo surgen las ciudades amuralladas de Salamanca, Ávila y Segovia. Más tarde la repoblación de la península se va llevando más al sur dejando a Ávila en un segundo plano casi sin relevancia en la época, aunque envía procuradores a las Cortes castellanas.
Durante la guerra civil castellana fue sede de los partidarios del infante Alonso.
En la época de los Reyes Católicos (segunda mitad del siglo XV) y de Carlos I y su hijo Felipe II (XVI) la ciudad vuelve a renacer gracias a las idas y venidas de la corte. La ciudad y la provincia prosperaron y fueron el lugar de nacimiento de numerosos personajes religiosos, escritores y consejeros espirituales como Santa Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús en la capital, y San Juan de la Cruz en la provincia (Fontiveros).
Su concejo fue uno de los principales organizadores de la Guerra de las Comunidades y en ella se formó la primera junta de los comuneros.
A partir del siglo XVII la ciudad empieza una larga decadencia y una despoblación que la dejó con apenas 4.000 habitantes
El proceso de desarrollo e intensa urbanización que se inicia en el siglo XX han conducido a la ciudad a un segundo plano de la realidad española. Las primeras décadas del siglo han mostrado asimismo un cierta tendencia de la ciudad a preservar sus tradiciones frente a los cambios sociales que se habrían de producir necesariamente en todo el país.
En 1936 tras el estallido la Guerra Civil, la ciudad enseguida pasa a formar parte de la zona ocupada por las tropas sublevadas, no produciéndose acontecimientos históricos de relevancia.
Durante la dictadura franquista se intensifica el proceso de despoblación de la provincia que ha de afectar necesariamente a la ciudad.
Tras la Guerra Civil la participación de Ávila en la sociedad española se restringe a pocas acciones, siendo quizá la de más relevancia, pero no por ella la más conocida, la aportación o el apoyo para el lanzamiento de políticos. Ya en el siglo XIX Mariano José de Larra obtuvo un escaño en las Cortes al presentarse por Ávila. Del mismo modo Adolfo Suárez (presidente español durante la Transición y primer presidente de la democracia posterior al Franquismo) realizó parte de su carrera política desde Ávila (nació en el pueblo de Cebreros); en la década siguiente José María Aznar (presidente entre 1996 y 2004) salió elegido diputado en las Cortes por Ávila, pese a no ser abulense. Se puede citar a otros ministros que han comenzado su andadura política desde esta ciudad como Agustín Rodríguez Sahagún, Agustín Díaz de Mera, o Ángel Acebes. Sin embargo estas aportaciones no reflejan en absoluto la influencia real de la ciudad o la provincia en la política española, que es muy inferior a la relevancia de estas personas.
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